Bang

klein-abc‘Preparados, apuntar, disparar. A propósito. Por casualidad. Disparar. El riesgo. No es pintar: componer, añadir, sustraer, cambiar. Pero sólo un golpe. Todo o nada. Bang, estás muerto. O vivo. No dejes nunca de reflexionar. Es asombrosamente raro uno que logra estar 15 segundos sin pensar en sí mismo. Constante. Normal. Absorto en hacer fotografías: tu reflejo en una muchedumbre. En uno ojo de plata. Reflejo. Reflexión. Clic. Te viene de la cabeza. La suma de lo que ves, crees ver, recuerdos, proyectos. Asesinar la vida. Todos los capullos de rosa se abren, es como apretar el gatillo. Indicios. Jeroglíficos. Llaves. Calculadoras de bolsillo, cada pulsador con su bip, su circuito. Raíz cuadrada instantánea, memoria. Dejà vu. Jamais vu. Revu. Posvisión. Previsión. Japoneses a carretadas hacen fotografías del palacio. Prueba. Celebración. Han estado aquí. Están vivos. Fotografían, luego existen. Vine, vi, triunfé. Veni, vidi, vici = fotografiar. Instinto de reproducción. Reproduce un mundo. Tu mundo. Su signo sobre ti. Deja tu signo. Quieto. No te muevas. Muévete. Sé natural. Una mirada, un gesto y un icono. Un microcosmos. Cada fotografía. Una célula. Suelta, dispara. Disparado, alcanzado. Caza. Cazado. De caza. De crucero. En desarrollo. Flashback. Disparo en francés = coup. Relámpago, rayo = foudre. Coup de foudre = flechazo. Lo sabes. Todo de una vez. Un hombre que se ahoga vuelve a ver toda su vida. Imagen. Imagina. Hacer fotografías = buscar el coup de foudre. ¿Cuántas veces puede alcanzar el rayo?’

— William Klein.

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Pero al menos hacemos fotos

© Alfredo VelardeAlgunos hacemos trampa: marcamos puntos en los mapas y luego los unimos con líneas esperando que aparezca la constelación de nuestras vidas. Nunca ocurre, pero al menos hacemos fotos. Pensamos que faltan lugares y momentos en nuestra colección: creemos que si vamos a ese hotel con la mujer que vimos bajar de aquel tren nos encontraremos a nosotros mismos. No es verdad, pero al menos hacemos fotos. Esperamos que cuando suene el teléfono nos digan que no estamos solos y que el dolor que tenemos no es nada. No es así, pero al menos hacemos fotos. Sentimos que tenemos que ir mañana mismo a una ciudad de nombre impronunciable donde nieva negro. Llegamos tarde, solo quedan habitaciones vacías y huellas en las calles. Pero al menos hacemos fotos. Vemos señales por todas partes, creemos que son nuestras las palabras escritas para otros y desciframos en código morse los paisajes eléctricos. No es suficiente. Seguimos perdidos, pero al menos hacemos fotos.

Juan Valbuena, ‘Pero al menos hacemos fotos’

Sergio Larraín y la Fotografía

PERU. Pisac. 1960.Sergio Larraín, Fotógrafo de la agencia Magnum, escribió una carta a su sobrino Sebastián Donoso que, por aquel entonces (1982), intentaba dar sus primeros pasos en el mundo de la fotografía.

‘Miércoles. Lo primero de todo es tener una máquina que a uno le guste, la que más le guste a uno, porque se trata de estar contento con el cuerpo, con lo que uno tiene en las manos y el instrumento es clave para el que hace un oficio, y que sea el mínimo, lo indispensable y nada más. Segundo, tener una ampliadora a su gusto, la más rica y simple posible (en 35 mm. la más chica que fabrica LEITZ es la mejor, te dura para toda la vida).

El juego es partir a la aventura, como un velero, soltar velas. Ir a Valparaiso, o a Chiloé, por las calles todo el día, vagar y vagar por partes desconocidas, y sentarse cuando uno está cansado bajo un árbol, comprar un plátano o unos panes y así tomar un tren, ir a una parte que a uno le tinque, y mirar, dibujar también, y mirar. Salirse del mundo conocido, entrar en lo que nunca has visto, DEJARSE LLEVAR por el gusto, mucho ir de una parte a otra, por donde te vaya tincando. De a poco vas encontrando cosas y te van viniendo imágenes, como apariciones las tomas.

Luego que has vuelto a la casa, revelas, copias y empiezas a mirar lo que has pescado, todos los peces, y los pones con su scotch al muro, los copias en hojitas tamaño postal y los miras. Después empiezas a jugar con las L, a buscar cortes, a encuadrar, y vas aprendiendo composición, geometría. Van encuadrando perfecto con las L y amplias lo que has encuadrado y lo dejas en la pared. Así vas mirando, para ir viendo. Cuando se te hace seguro que una foto es mala, al canasto al tiro. La mejor las subes un poco más alto en la pared, al final guardas las buenas y nada más (guardar lo mediocre te estanca en lo mediocre). En el tope nada más lo que se guarda, todo lo demás se bota, porque uno carga en la psiquis todo lo que retiene.

Luego haces gimnasia, te entretienes en otras cosas y no te preocupas más. Empiezas a mirar el trabajo de otros fotógrafos y a buscar lo bueno en todo lo que encuentres: libros, revistas, etc. y sacas lo mejor, y si puedes recortar, sacas lo bueno y lo vas pegando en la pared al lado de lo tuyo, y si no puedes recortar, abres el libro o las revistas en las páginas de las cosas buenas y lo dejas abierto en exposición. Luego lo dejas semanas, meses, mientras te dé, uno se demora mucho en ver, pero poco a poco se te va entregando el secreto y vas viendo lo que es bueno y la profundidad de cada cosa.

Sigues viviendo tranquilo, dibujas un poco, sales a pasear y nunca fuerces la salida a tomar fotos, por que se pierde la poesía, la vida que ello tiene se enferma, es como forzar el amor o la amistad, no se puede. Cuando te vuelva a nacer, puede partir en otro viaje, otro vagabundeo: a Puerto Aguirre, puedes bajar el Baker a caballo hasta los ventisqueros desde Aysén; Valparaiso siempre es una maravilla, es perderse en la magia, perderse unos días dándose vueltas por los cerros y calles y durmiendo en el saco de dormir en algún lado en la noche, y muy metido en la realidad, como nadando bajo el agua, que nada te distrae, nada convencional. Te dejas llevar por las alpargatas lentito, como si estuvieras curado por el gusto de mirar, canturreando, y lo que vaya apareciendo lo vas fotografiando ya con más cuidado, algo has aprendido a componer y recortar, ya lo haces con la máquina, y así se sigue, se llena de peces la carreta y vuelves a casa. Aprendes foco, diafragma, primer plano, saturación, velocidad, etc. aprendes a jugar con la máquina y sus posibilidades, y vas juntando poesía (lo tuyo y lo de otros), toma todo lo bueno que encuentres, bueno de los otros. Hazte una colección de cosas óptimas, un museito en una carpeta.

Sigue lo que es tu gusto y nada más. No le creas más que a tu gusto, tu eres la vida y la vida es la que se escoge. Lo que no te guste a ti, no lo veas, no sirve. Tu eres el único criterio, pero ve de todos los demás. Vas aprendiendo, cuando tengas una foto realmente buena, las amplias, haces una pequeña exposición o un librito, lo mandas a empastar y con eso vas estableciendo un piso, al mostrarla te ubicas de lo que son, según lo veas frente a los demás, ahí lo sientes. Hacer una exposición es dar algo, como dar de comer, es bueno para los demás que se les muestre algo hecho con trabajo y gusto. No es lucirse uno, hace bien, es sano para todos y a ti te hace bien porque te va chequeando.

Bueno, con esto tienes para comenzar. Es mucho vagabundeo, estar sentado debajo de un árbol en cualquier parte. Es un andar solo por el universo. Uno nuevamente empieza a mirar, el mundo convencional te pone un biombo, hay que salir de él durante el período de fotografía’.

Más fotos de Sergio Larraín

Memoria

Instante © Alfredo VelardeFotografiamos para recordar, se fotografía a los seres queridos para salvar el recuerdo, para luchar contra su desaparición. Sabemos que nuestra memoria es débil, que interpreta, que escoge y que se acompaña de vacíos importantes, voluntarios o involuntarios, y por eso queremos confiar a la fotografía el trabajo sucio de mantenerla viva. Quizás es una empresa vana, porque, al fin y al cabo ¿se puede llegar a conocer realmente algo mediante la fotografía, o sólo se obtiene una simple apariencia del conocimiento? Podría ser que, inconscientemente, estuviéramos construyendo el gran edificio de nuestra memoria sólo con el trazado borroso que un día quedó de nosotros en una placa fotográfica.

Y es que las fotografías no podrán sustituir nunca a la memoria. Incluso es posible que nos retengan absurdamente a su lado y no nos dejen fluir por el pasado con más libertad. Las fotografías no hablan, no pueden hablar, y esto es más doloroso cuanto más melancólica es la evocación de quien aparece en ellas, alguien que ya ha desaparecido, por ejemplo, y la presencia fotográfica del cual va colonizando y contaminando el resto de recuerdos de manera lenta y poderosa. Por eso creo que Jean Paulhan tenía razón cuando escribió: ‘hay que advertir desde ahora a nuestros nietos que no tenemos nada que ver con las tristes imágenes que conservarán de nosotros’.

—Clemente Bernad, ‘Diarios íntimos’.