Lunes Santo, del paso de las momias incas al Señor de los Temblores en Cusco

La procesión del Señor de los Temblores, también denominado Taytacha de los Temblores —término que requiere una explicación lingüística y cultural: Taytacha es una palabra de origen quechua, de uso extendido en el Cusco y en los Andes, y significa literalmente «nuestro padre» o «padrecito»; su estructura se compone de: Tayta, que se traduce como padre, señor, jefe o figura de autoridad y respeto, y del sufijo: cha, que añade un matiz de cariño, cercanía, ternura y afecto—, se lleva a cabo cada Lunes Santo en la ciudad del Cusco, constituyendo el acto inaugural de las celebraciones correspondientes a la Semana Santa andina. Este rito, de raigambre ancestral y carácter mestizo, pone de manifiesto con particular fuerza el proceso de sincretismo entre la espiritualidad propia de los pueblos andinos y la tradición católica introducida durante la época colonial. Su recorrido no se limita a ser una manifestación de fe, sino que se configura como una verdadera coreografía de la memoria colectiva, en la cual el pasado indígena y la doctrina cristiana se entrelazan de manera indisoluble.

Según la tradición documentada, fue el propio monarca Felipe II de España quien dispuso la creación de esta imagen hacia el año 1570, con la indicación expresa de que debía presentar una tonalidad cobriza y rasgos físicos propios de la población andina, con el propósito de que los habitantes originarios pudieran reconocerse en su representación. La pieza fue tallada en la ciudad de Sevilla y emprendió la travesía del Atlántico, periodo durante el cual atravesó condiciones climáticas adversas. Se ha transmitido históricamente que, durante el trayecto y en medio de una tormenta de gran intensidad, los sacerdotes que acompañaban la imagen la extrajeron de su contenedor y la colocaron en el palo mayor de la embarcación, elevando plegarias para implorar clemencia divina; tras este acto, las aguas se calmaron, motivo por el cual, en un primer momento, recibió la denominación de Señor de las Tormentas.

La leyenda y la tradición continúan con el relato de un arriero de origen español, quien, con la intención de conservar la imagen original en la localidad de Mollepata, encargó la elaboración de una réplica a un artista indígena especializado en imaginería, la cual debía ser entregada en la ciudad del Cusco. Fue precisamente esta segunda imagen la que finalmente ingresó a la Catedral, donde se la conoció bajo el nombre de Cristo de la Buena Muerte. Transcurridos algunos años, el 31 de marzo de 1650, un sismo de gran magnitud causó graves daños y destrucción en la urbe. Ante esta situación, la población sacó en procesión aquella representación cristiana, que para entonces había caído en el olvido; tras el recorrido, el movimiento telúrico cesó, hecho por el cual, desde ese momento, se la denominó Señor de los Temblores. Posteriormente, en el año 1720, cuando una epidemia afectó gravemente a la región, se realizó nuevamente la procesión con la imagen, y se atribuyó a su intervención el fin de la enfermedad. Como consecuencia de estos sucesos y por decisión del consenso popular, fue proclamado Patrón Jurado del Cusco, desplazando de esa forma a la figura de Santiago Apóstol, quien había sido designado previamente como patrono por las autoridades coloniales.

La imagen, oscurecida por el paso del tiempo y por el humo acumulado a lo largo de siglos de devoción, permanece en la Catedral del Cusco, edificio que fue erigido sobre los terrenos que anteriormente ocupaban los palacios del Inca Wiracocha. Su procesión reactiva un eje de significación ancestral: se trata de un trayecto ritual que rememora los traslados que, en tiempos prehispánicos, se realizaban con las momias de los gobernantes incas a través de la ciudad, recorrido que a su vez se superpone al trazado del Qhapaq Ñan, el gran sistema de caminos que conectaba el Cusco con los diversos territorios que integraban el Tahuantinsuyo. Durante la Semana Santa, miles de fieles se concentran en las vías públicas de la ciudad. Desde los balcones se arrojan pétalos de flores, se entonan cantos en lengua quechua y el humo del incienso se eleva formando nubes lentas que se asemejan a las plegarias que se elevan hacia lo divino. La ciudad entera se congrega y rinde homenaje ante la figura del Taytacha. El símbolo central de esta devoción es la flor de Ñucchu (Salvia splendens), de un color rojo intenso y brillante, que en la antigüedad se ofrecía como ofrenda a las divinidades y a los gobernantes de la época prehispánica, y que en la actualidad adorna y corona la imagen del Cristo, constituyéndose como un puente vivo y tangible entre ambas cosmovisiones. Su color resplandece con la intensidad de una herida abierta y con la fuerza de una llama de fuego.

El vínculo que se establece con esta imagen cristiana es de carácter íntimo y profundamente sentido. Durante trabajos de restauración, realizados en el año 2005, se halló en su interior un conjunto de más de sesenta cartas antiguas, las cuales habían sido introducidas a través de la representación de la herida en el pecho de la talla. Estos documentos contienen súplicas, confesiones y expresiones de esperanza escritas por devotos entre los siglos XVIII y XX, y que permanecieron conservadas en silencio durante siglos. En estos escritos, el creyente no se dirige a la divina con actitud de arrogancia, sino que se entrega con profunda humildad, buscando consuelo y amparo en aquel espacio donde la fe ha echado raíces más allá de las doctrinas establecidas. El Taytacha de los Temblores no se reduce únicamente a ser una representación religiosa: constituye la expresión condensada de la identidad de una ciudad que no olvida su pasado. En cada paso de su recorrido se repite un gesto de origen antiguo: el de cargar con la historia colectiva, con la memoria de los sismos y desastres, y con la ofrenda floral; el de dirigir la mirada hacia el cielo, no solo para elevar una oración, sino también para mantener vivo el recuerdo de lo que se ha heredado.