Machu Picchu: De santuario a activo comercial. Aforos y pérdida de criterios de conservación

A partir de la normativa vigente establecida mediante la Resolución Ministerial N° 285-2025 del Ministerio de Cultura (Perú), la Llaqta de Machu Picchu cuenta con un régimen de aforo diferenciado. Se fija un límite máximo de 5.600 visitantes diarios únicamente en periodos de alta demanda, mientras que en temporada regular el tope se mantiene en 4.500 personas por día. La aplicación del aforo más elevado está oficializada para estas fechas específicas: el 1 de enero, del 2 al 5 de abril, del 19 de junio al 2 de noviembre, y los días 30 y 31 de diciembre.

Esta medida marca un punto de inflexión en la historia de la conservación de este patrimonio. La decisión revela cómo los criterios científicos y los principios de preservación han quedado subordinados a las necesidades de rentabilidad de la cadena de valor turística, en abierta contradicción con lo establecido en la Carta de Machu Picchu de 1977 y con las advertencias de la UNESCO.

Este documento internacional de 1977 fue redactado y suscrito el 12 de diciembre, en el propio santuario, por iniciativa del Colegio de Arquitectos del Perú, la Universidad Nacional Federico Villarreal y la Unión Internacional de Arquitectos (UIA), con el liderazgo del arquitecto y expresidente Fernando Belaúnde Terry y participación de expertos de todo el mundo. Surgió como actualización de las normas previas —Carta de Atenas (1933) y Carta de Venecia (1964)—, en un contexto de crecimiento descontrolado, crisis ecológica y pérdida de identidad. Su propósito fue definir que proteger el patrimonio implica cuidar no solo las estructuras, sino también su entorno, atmósfera y valores intangibles; estableció que la tecnología es un medio al servicio de la conservación —y no un fin para maximizar flujos— y prohibió expresamente transformar espacios sagrados en mercancías.

Por su parte, la UNESCO —organismo que inscribió a Machu Picchu como Patrimonio Mundial en 1983— ha advertido expresamente que el límite seguro y técnicamente validado es de 2.500 visitantes diarios. Ha señalado que los aumentos a 4.500 y 5.600 personas carecen de respaldo independiente, duplican o triplican la capacidad real y responden únicamente a intereses económicos. En sus informes de 2024 a 2026, exigió al Estado peruano justificar o revertir la medida, mantuvo el sitio bajo observación especial por riesgo de daño irreversible y aclaró que el concepto de “capacidad de carga manejada” no es un avance, sino una forma de redefinir límites para obtener mayores ingresos, contrariando las normas internacionales.

Bajo la apariencia de modernización tecnológica y optimización de recorridos, se está llevando a cabo una transformación profunda: se desdibuja la sacralidad intrínseca del lugar y se desnaturaliza su sentido original. Un espacio de inmensa relevancia cosmológica y política se convierte en un activo diseñado prioritariamente para generar rendimientos económicos.

Durante décadas, los estudios especializados —que analizan la resistencia de las piedras y la estabilidad de las terrazas— coincidieron en que el límite seguro es de 2.500 visitantes por día. Sin embargo, la nueva norma cambia este criterio usando una idea distinta: se cree que, si el recorrido es en una sola dirección, con horarios estrictos y sin detenerse, el impacto sobre el monumento se reduce o desaparece.

Se trata de una visión reduccionista que ignora los efectos reales de la concentración humana. La presencia masiva altera las condiciones microclimáticas, la humedad y el calor corporal generan cambios en el ambiente de recintos cerrados o semicerrados, favoreciendo la aparición de organismos que degradan la superficie de la piedra y afectan la integridad del sitio. El impacto se agrava drásticamente, supone acumular más de un millón y medio de pisadas al año en senderos específicos, donde la vibración constante debilita las estructuras construidas sin argamasa, mientras que el paso continuo acelera la erosión en zonas clave.

Machu Picchu no fue una ciudad común, sino un espacio diseñado como punto de encuentro entre el orden político incaico y las deidades tutelares. La Carta de Machu Picchu de 1977 estableció claramente que proteger un sitio arqueológico implica preservar no solo sus muros, sino también su entorno, su atmósfera y todos sus valores intangibles.

La gestión actual impulsa una museificación agresiva que despoja al lugar de su sentido originario. La instalación de pasarelas, barreras y señalética invasiva rompe la unidad del paisaje y fragmenta la percepción del espacio; el visitante ya no recorre ni comprende el entorno, sino que lo observa desde pasillos confinados, como si se tratara de una exhibición. Al limitar la estancia a cuarenta y cinco minutos y prohibir el retorno o la pausa, se elimina la posibilidad de contemplación, silencio y reflexión, condiciones esenciales para conectar con la dimensión sagrada del sitio.

La diferenciación y ampliación de aforo, aprobada mediante la Resolución Ministerial N° 285-2025-MC, no responde a nuevos hallazgos científicos que demuestren una mayor resistencia de las estructuras, sino a presiones de orden económico. Detrás de la decisión se encuentra la influencia de un conjunto de actores privados cuyos intereses coinciden con la demanda de mayores ingresos por parte de las autoridades locales y regionales.

En este escenario, el Estado ha dejado de ejercer su rol de custodio del patrimonio, tal como lo exigen la Carta de 1977 y la propia UNESCO, para convertirse en un facilitador del mercado, poniendo el capital cultural de la nación al servicio de una lógica de extracción inmediata. Se prioriza el beneficio de las temporadas altas, postergando los costos ambientales y estructurales que deberán asumir las generaciones futuras.

Además, la masificación traslada el problema fuera del recinto arqueológico. Machu Picchu Pueblo, una zona de alta fragilidad ecológica, no cuenta con la infraestructura necesaria en saneamiento, gestión de residuos ni planificación territorial para absorber el volumen de visitantes que ahora se le impone, generando nuevas tensiones y riesgos para su propio entorno.

En definitiva, la estrategia de ampliar el aforo bajo el modelo de flujos controlados constituye una medida de alto riesgo, donde la tecnología se utiliza como herramienta para legitimar la sobreexplotación, en total desacato a lo dispuesto en la carta y a las recomendaciones de la UNESCO. Al despojar a Machu Picchu de su contenido simbólico, histórico y ritual para optimizar su rendimiento comercial, se produce una pérdida profunda, se conserva la forma física de las construcciones, pero se anula su espíritu. Un modelo de turismo realmente sostenible no consiste en hacer pasar a más gente en menos tiempo, sino en diversificar la oferta territorial, poner en valor todo el entorno regional y comprender que el respeto a ciertos bienes patrimoniales pasa por reconocer y respetar sus límites.

📸: Machu Picchu bajo neblina. Alfredo Velarde, 2010.