Serie realizada entre los años 2017 y 2019, en el marco de las celebraciones de Semana Santa en Cusco, Perú. Documenta la procesión del Señor de los Temblores (Taytacha de los Temblores), una manifestación ritual que encarna el sincretismo religioso andino-católico y moviliza la memoria viva de la ciudad.
Lunes Santo, del paso de las momias incas al Señor de los Temblores en Cusco
La procesión del Señor de los Temblores, o Taytacha de los Temblores, tiene lugar cada Lunes Santo en Cusco, marcando el inicio de las celebraciones de la Semana Santa andina. Este rito ancestral y mestizo revela con fuerza el sincretismo entre la espiritualidad andina y la tradición católica colonial. Su andar es más que un acto de fe: es una coreografía de la memoria, donde el pasado indígena y la fe cristiana caminan entrelazados. Según la tradición, fue el propio Felipe II de España quien ordenó la creación de esta imagen hacia 1570, con el encargo explícito de que tuviera color cobrizo y rasgos andinos, para que los indígenas pudieran reconocerse en ella. Esculpida en Sevilla, la imagen cruzó el Atlántico entre tormentas. Se cuenta que, durante el viaje, en medio de una fuerte tempestad, los sacerdotes la sacaron del arcón y la colocaron en el trinquete mayor de la embarcación, implorando clemencia. Las aguas se calmaron, y desde entonces fue llamada Señor de las Tormentas.
La leyenda continúa con un arriero español que, intentando quedarse con la imagen original en Mollepata, encargó una copia a un imaginero indígena para entregar en Cusco. Fue esa imagen —la segunda— la que llegó a la Catedral, donde se la conoció como el Cristo de la Buena Muerte. Años más tarde, el 31 de marzo de 1650, un terremoto devastó la ciudad. La población sacó en procesión a aquel Cristo oscuro y olvidado; el sismo cesó, y desde entonces fue nombrado Señor de los Temblores. En 1720, frente a una peste que arrasaba la región, volvió a salir en procesión, y el mal cedió. Así, por decisión popular, fue proclamado Patrón Jurado del Cusco, desplazando a Santiago, designado previamente por los colonizadores.
La imagen, ennegrecida por el tiempo y el humo de siglos, reposa en la Catedral del Cusco, edificada sobre los antiguos palacios del Inca Wiracocha. Su procesión activa un eje antiguo: un trazo ritual que rememora los traslados de las momias incas por la ciudad, superpuesto al Qhapaq Ñan, el gran camino que conectaba el Cusco con los territorios que conformaban el imperio. Durante la Semana Santa, miles de fieles colman las calles. Pétalos de flores caen desde los balcones, se alzan cantos en quechua, y el incienso forma nubes lentas como plegarias. La ciudad se inclina ante el Taytacha. El símbolo central de la devoción es el Ñucchu (Salvia splendens), flor de rojo encendido que antiguamente se ofrendaba a los dioses y gobernantes prehispánicos y que hoy corona al Cristo como un puente vivo entre dos mundos. Su color arde como herida, y como fuego.
La relación con este Cristo es íntima, visceral. En su interior se hallaron más de sesenta cartas antiguas, introducidas por la herida en su pecho. Son súplicas, confesiones y esperanzas escritas por devotos entre los siglos XVIII y XX, conservadas en silencio hasta su restauración en 2005. En ellas, el creyente no pide con arrogancia; se entrega con humildad, buscando consuelo allí donde la fe ha echado raíz más allá de las doctrinas. El Taytacha de los Temblores no es solo una imagen: es la expresión condensada de una ciudad que no olvida. En cada paso se repite un gesto antiguo: el de cargar la historia, el temblor y la flor; el de mirar al cielo, no solo para rezar, sino también para recordar.